Recuerdo la casa, la recuerdo muy bien. Era pequeña y simple, pero cálida como ninguna otra. Entre sus paredes vagaban macabras melodías y cefaleas de colores. Las ventanas eran dos narices que respiraban el aire frío, seco y lleno de odio de esa ciudad tan grande. Solo había un dormitorio, donde Matías y yo descansábamos de vez en cuando. En el patio, las enredaderas cantaban y se entrelazaban en un sinfín de monosílabos incomprensibles (al menos así lo eran para Matías y para mí), y nos daban la bienvenida todos los días, cuando llegábamos del trabajo. Solíamos sentarnos en ese pequeño jardín los mediodías soleados de invierno, hablábamos mientras el sol jugaba a dibujar nuestras sombras o nos recostábamos en el césped y, mientras el frío huía de nuestros cuerpos, nos sacábamos nuestros abrigos y los usábamos como almohada.
Matías era un muchacho simple, con ojos profundos como el cielo nocturno, y una boca que, cuando hablaba, se llenaba de dulzura. Su voz me tranquilizaba de una forma inexplicable y cuando se reía, todo volvía a su naturaleza, las cosas opacas brillaban sin motivos y el tiempo dejaba de transcurrir sin piedad.
Siempre nos llevamos bien, aunque como toda pareja, había días en los que solo la presencia de ambos en el mismo espacio se hacía insoportable. Por suerte, esos días tan particulares no colmaban nuestros desordenados almanaques.
Yo lo quería, pero nunca supe cuanto, como, por qué, y si esa forma de quererlo, si ese amor peculiar que (a veces) me llenaba de alegría, alcanzaba para vivir con él durante toda mi vida. No lo supe hasta aquella noche en la que mi corazón se paró y comenzó a saltar por dentro de mi cuerpo ya vacío. Mis ojos se enrojecieron y, al mismo tiempo, se llenaron de lágrimas. Su cuerpo descansaba bajo las sábanas dormidas, ella respiraba, y su aliento con olor a sueño envolvía esa habitación... mi habitación.
Desde ese momento supe que lo quería como a nadie en mi mundo, como se quiere cuando se depende de la sonrisa del otro, como se quiere a esa persona que nos complementa y nos entiende, como se quiere a esa única persona. Pensé en matarlos, matarlos a los dos, pero no pude. Su boca dormía tranquila y sus ojos, sus hermosos ojos, esos que me miraban y me decían que no todo es tan malo como parece, esos ojos seguían cerrados.
Lo besé. Lo besé con el amor que subía desde mi vientre y desbordaba por mi boca. Lo besé como muy pocas veces lo hice. Mis lágrimas mojaron su cara de niño mutante, de palidez interminable, de paz ensoñadora.
Huí, huí de ese lugar lleno de mi, me sentí violada, me sentí morir en un instante y renacer otra vez llena de ira, odio, y dolor. Los cigarrillos se consumían mientras yo divagaba en un mundo (ahora) extraño, sin sentido, lleno de gente sin rumbo y sin cerebro, de muerte, sombras, y angustia. Me zambullí en un banco de una plaza, que después de que me levanté, quedó poblado de pañuelos, lágrimas, gritos y pedazos de mi alma.
Olor a jazmines y a pasto, el florero que nos regaló mamá, las cortinas que ocultaban ciertas noches en las que nuestros cuerpos se unían y éramos uno los dos, las sábanas rayadas que compramos hace un mes, el techo blanco que todo lo ve y todo lo oye, el velador ilumina mi cara, el despertador marca las once de la mañana. Matías duerme en el otro lado de la cama. Me levanto sin hacer ruido, no quiero despertarlo. Busco agua en la heladera y me pongo la remera que quedó tirada en el piso. Voy al baño. Un papel y una mujer están tirados en el suelo, una mujer que me habla sin mover la boca, que me habla sin sonidos, que me habla pero no escucho lo que quiere decirme. Sus ojos están fijos y de sus manos brotan burbujas rojas.
Desde ese momento supe que lo amé sin prejuicios, sin contratos, sin acuerdos, sin motivos, sin argumentos, solo con locura y desenfreno. Ahora lo sé mientras veo a Matías llorarle a esa mujer que yace en el suelo, ahora sé que el también me amó y me ama. Ahora estoy muerta, muerta de amor, en el sentido literal de las palabras.